Stoner y lo pequeño

“Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en profesor. Pero es una de las cosas más fascinantes que haya encontrado jamás”.

Y no lo dijo un sesudo crítico literario. Lo dijo Tom Hanks, según la contratapa de Stoner, una novela de John Williams cuyo autor tiene nombre de Everyman, al punto que los editores creyeron necesario ponerle en la tapa misma una opinión de Rodrigo Fresán:  “Stoner es una obra maestra. Y punto”. (Si eso no se llama condicionar al lector…)

La cuestión es que John Williams tiene una entrada de apenas tres párrafos en la Wikipedia en español, y al día de hoy una no mucho más larga en inglés, con la ignominiosa advertencia de que podría haber sido “copiada o pegada de otra fuente”.

Solo un pequeño síntoma de que, pese a haber ganado un National Book Award por Augustus (1972), Williams permaneció básicamente en el casi olvido (o el total olvido para el lector en castellano) hasta que apareció la reedición de Stoner (1965) en 2003 en Estados Unidos, y en 2016 la versión local en Fiordo (con una traducción de Carlos Gardini que le hace honor e invita a una lectura fluida que no entorpece el relato de una vida hecha esencialmente de nimiedades).

Stoner es un libro triste, casi callado, la historia de un hombre que nace en una granja y va a la universidad a estudiar agronomía para mejor la pobre producción, pero termina estudiando literatura, y de esa literatura y su enseñanza hace su vida. Una cierta mirada de incomprensión hacia la amistad y un matrimonio infeliz completan el panorama de un profesor cuyo relato vital no puede sino resonar con rasgos autobiográficos (al menos en parte, y en otra parte inspirados en un colega de Williams, que también fue profesor de literatura). En la vida de Stoner están las clases y su hija, sus padres y su mujer, sus libros y el entorno universitario. No es un libro que se lea para saber lo que va a pasar: no importa lo que va a pasar, o se lo sabe desde el comienzo, pero la lectura avanza impulsada precisamente por la conciencia de que es lo pequeño lo que hace el día a día y, con la suma de esos muchos días, se hace finalmente una vida. Al fin y  al cabo, mucho más que una obra maestra.

¿Videojuegos? Goethe estuvo primero

La próxima vez que le digan que la música rock, las novelas gráficas y los videojuegos violentos están corrompiendo a la juventud, recuerde que el novelista alemán Johann Wolfgang von Goethe lo hizo primero. A los 23 años, su relato sobre una desventurada juventud, Las penas del joven Werther, atrapó a los lectores y molestó a los moralistas.

Como un teutónico Holden Caulfield, el sensible y romántico Werther está disgustado con los huecos valores de la sociedad. Apasionadamente enamorado de Lotte, prefiere morir más que verla casarse con el insulso, lento Albert y, en un irónico giro, se suicida de un disparo usando las pistolas de su prometido.

Goethe encontró muy cerca la inspiración para esta historia. Como abogado recién graduado en Wetzlar, se hizo amigo de Karl Jerusalem, quien le presentó en un baile a Johann Kestner y su novia, Charlotte. Goethe se enamoró profundamente de la joven, de 19 años, pero ella prefirió al sólido Johann. Desolado, Goethe se fue de Wetzlar pero permaneció en contacto con la pareja e incluso fue a su boda.

Goethe no fue el único hombre desdichado en el amor. Cuando una mujer casada rechazó a Jerusalem, él pidió prestadas dos pistolas a Kestner y se suicidó. Goethe combinó su pena con la tragedia de Jerusalem y escribió su primera novela en solo cuatro semanas.

Las penas del joven Werther se convirtió en “el” libro que leer en 1774. La edición oficial fue traducida a varias lenguas, en tanto ediciones piratas inundaban el mercado. Los escritores se subieron a la ola con historias al estilo Werther. Los empresarios fabricaron memorabilia para los fanáticos como cajas para pan decoradas con escenas de la novela y estatuillas de porcelana de Werther y Lotte. Los jóvenes copiaban la vestimenta de Werther, un chaquetón azul con pequeños botones, cinturón de cuero, botas marrones y un sombrero de ala redonda. La tumba del pobre Jerusalem se convirtió en el escenario de ceremonias especiales.

Pero algunos países prohibieron el libro cuando algunos hombres, y al menos una mujer, siguieron el impulso de Werther y se suicidaron, fortanzado al editor a agregar en las nuevas ediciones una advertencia de Werther de “ser un hombre y no seguirme”.

Todo el mundo estaba feliz con el éxito de Werther, al parecer, excepto los Kestner. “La verdadera Lotte… estaría entristecida si fuera como la Lotte que usted ha pintado”, le escribió el señor Kestner a Goethe. Y sobre Albert, lamentó: “¿Era necesario que lo hiciera usted tan tonto?”.

Goethe intentó hacer correcciones, pero no pudo evitar alardear un poco. “Dígale a Charlotte -afirmó- que debe saber que su nombre es pronunciado por mil labios sagrados con reverencia, seguramente es una compensación por las ansiedades que escasamente… molestarían a una persona en la vida común, donde uno está a la merced de toda habladuría”.

Tal vez. También podría ser que -para un hombre rechazado en el amor- el éxito sea la mejor venganza.

Bill Peschel, Writers Gone Wild. 

 

 

Dañar o no dañar, ésa es la cuestión

Henry Marsh es neurocirujano, y de los más reconocidos en Gran Bretaña (lo cual incluye entrada propia en Wikipedia) pero es en su faceta de narrador que llega Ante todo no hagas daño, su libro de memorias y reflexiones sobre una especialidad que implica, literalmente, meterse en la cabeza de la gente. Aquí también lo hace y –a diferencia de lo que ocurre con sus pacientes en el quirófano- sin anestesia. No hay que esperar la delicada aproximación de un Oliver Sacks: la esencia quirúrgica de Marsh se delata en cada frase y le confiere a su narración un poder extraordinario. Y una dureza que a veces hace rogar un poco menos de realismo.

“A menudo me veo obligado a hurgar en el cerebro, y eso es algo que detesto hacer. Con unas pinzas bipolares, coagulo los hermosos e intrincados vasos sanguíneos que recorren la brillante superficie del cerebro. Hago una incisión con un bisturí pequeño y abro un orificio por el que introduzco una fina cánula conectada al aspirador quirúrgico. El cerebro tiene una consistencia gelatinosa, y el aspirador ha acabado siendo la herramienta principal del neurocirujano. Observando a través del microscopio quirúrgico me abro paso poco a poco por la sustancia blanca de la masa cerebral, en busca del tumor. La idea de que mi aspirador avance a través del pensamiento en sí, de la emoción y la razón, de que los recuerdos, los sueños y las reflexiones puedan formar parte de esa gelatina, resulta demasiado extraña como para comprenderla. Mis ojos solo ven material. Y, sin embargo, sé que si penetro por equivocación donde no debo, en la zona que los neurocirujanos llamamos el “cerebro elocuente”, cuando acuda a la sala de recuperación después de la cirugía para comprobar mis logros, me encontraré con un paciente con secuelas y discapacitados”.

En otras palabras, no es el libro que hay que leer antes de una operación. Pero sí el que debería acompañarnos para recordar que “los médicos son humanos, como el resto de nosotros”. Marsh en todo lo caso lo es y no teme afrontarlo ni al contar su propia experiencia como paciente, ni cuando evoca el minucioso repaso de sus errores en el quirófano y las secuelas que implicaron. Aunque aterre leer que “gran parte de lo que ocurre en los hospitales es cuestión de suerte, y la suerte puede ser buena o mala. El médico pocas veces tiene control alguno sobre el éxito y el fracaso”. Desfilan por este libro pacientes, de aquellos que están en equilibrio sobre la fina línea que divide la vida de la muerte; médicos, de aquellos que creen estar un escalón por encima del resto de la humanidad solo para enfrentarse con desazón al hecho de que no lo están; enfermeras competentes o no, compasivas o no; administradores hospitalarios y todo lo que conforma la galaxia sanitaria de Gran Bretaña y Ucrania, el otro país donde Marsh ejerció su arte y ciencia quirúrgica (y cuya experiencia conforma algunas de las páginas más asombrosas del relato). Y la conclusión es, página tras página, que “tarde o temprano la mayoría de los pacientes llegarán al punto de no retorno. A menudo resulta muy difícil –tanto para el médico como para el paciente- admitir que se ha alcanzado ese punto”.

 Henry Marsh.

 

. Salamandra.

Cohetes III* (La voluptuosidad del mal)

Creo que he escrito ya en mis notas que el amor se asemejaba mucho a una tortura o a una operación quirúrgica. Pero esta idea se puede desarrollar de la manera más amarga. Aun cuando ambos amantes estén muy enamorados y muy llenos de deseos recíprocos, uno de los dos estará siempre más tranquilo o menos poseído que el otro. Este, o aquélla, es el operador, o el verdugo, el otro el sujeto, la víctima […] La embriaguez, el delirio, el opio en sus más furiosos aspectos, no os darán por cierto tan espantoso ni tan curiosos ejemplos. Y el rostro humano que Ovidio creía formado para reflejar los astros, helo ahí que sólo habla por medio de una expresión de loca ferocidad, o que se sosiega en una especie de muerte. Porque, en verdad, creería cometer un sacrilegio aplicando la palabra éxtasis a ese género de descomposición. ¡Espantable juego, en el que es menester que uno de los jugadores pierda el dominio de sí mismo! Una vez preguntaron, delante de mí, en qué consistía el más grande placer del amor. Alguien respondió, naturalmente “en recibir” y otro “en entregarse”. Este decía “¡Placer de orgullo!” y aquél “¡Voluptuosidad de humillación!”. Todos esos indecentes hablaban como la Imitación de Jesucristo.
Por fin apareció un impudente utopista, quien afirmó que el más grande placer del amor consistía en engendrar ciudadanos para la patria. Pero yo digo: la única y suprema voluptuosidad del amor reside en la certidumbre de hacer el mal. Y el hombre y la mujer saben, desde que nacen, que toda voluptuosidad se halla en el mal.

*El título fue tomado de un texto de E.A.Poe.

Charles Baudelaire. Diarios Íntimos (Aguilar).

9 de enero de 1950

Cesare Pavese escribe en su Diario: “La pasión inmoderada por la magia natural, por lo salvaje, por la verdad demoníaca de plantas, aguas, rocas y países, es un signo de timidez, de fuga frente a los deberes y a los compromisos del mundo humano. Es preciso tener el coraje de mirar con los mismos ojos a los hombres y sus pasiones”.